[...] El monte y el llano respiraban a la vez el mismo aire, y los de arriba bajaban a ver a sus mujeres, a sus hijos, a dormir en su cama de vez en cuando, y subían los de abajo, ellas vestidas de hombre para que nadie las reconociera, y todos, por una razón o la contraria, declaraban en voz alta que esos encuentros eran mentira, chismes, pura leyenda, pero todos sabíamos lo que ocurría, y llevábamos la cuenta de los milagrosos embarazos de las mujeres sin hombre que no salían de su casa, todas esas mujeres decentes que se ponían coloradas al improvisar un desparpajo que no tenían, y tartamudeaban como si la lengua les estorbara dentro de la boca mientras le contaban a sus vecinas que un día no habían podido aguantar mas y se habían acostado con un vendedor ambulante. Todas, menos Carmen la Rosa, la mujer de Cencerro que cuando se quedó viuda ya llevaba seis años en la cárcel por decir la verdad. -Que esa es otra -mi madre tampoco dejaba pasar la ocasión de recordarlo en voz alta-...
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