[...] El monte y el llano respiraban a la vez
el mismo aire, y los de arriba bajaban a ver a sus mujeres, a sus
hijos, a dormir en su cama de vez en cuando, y subían los de abajo,
ellas vestidas de hombre para que nadie las reconociera, y todos, por
una razón o la contraria, declaraban en voz alta que esos encuentros
eran mentira, chismes, pura leyenda, pero todos sabíamos lo que
ocurría, y llevábamos la cuenta de los milagrosos embarazos de las
mujeres sin hombre que no salían de su casa, todas esas mujeres
decentes que se ponían coloradas al improvisar un desparpajo que no
tenían, y tartamudeaban como si la lengua les estorbara dentro de la
boca mientras le contaban a sus vecinas que un día no habían podido
aguantar mas y se habían acostado con un vendedor ambulante. Todas,
menos Carmen la Rosa, la mujer de Cencerro que cuando se quedó viuda
ya llevaba seis años en la cárcel por decir la verdad.
-Que esa es otra -mi madre tampoco
dejaba pasar la ocasión de recordarlo en voz alta-, meter presa a
una mujer por ser decente.
-No está presa por eso, Mercedes, sino
por hacer propaganda subversiva.
-¿Propaganda subversiva?¿Decir que te
acuestas con tu marido es hacer propaganda subversiva? Y ponerle los
cuernos ¿que es? ¿Apoyar a Franco? Pues sí que, tanto cura y tanta
misa, y luego... [...]
Extraído de las páginas 91 y 92.
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